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Ventanilla de migración hondureña y guatemalteca.  Frontera Aguas Calientes

Ventanilla de migración hondureña y guatemalteca. Frontera Aguas Calientes. OI

No es mi intención pelear con quienes comercian con la carne humana en el mortal camino hacia el Norte. Pero, tampoco puedo callar cuando atestiguo en lo cotidiano una sistemática humillación a la dignidad humana en las fronteras abusivas. Mucho más cuando, ese modus operandi es la materialización burda de la infiltración del crimen organizado en el Estado.

Son las 5:30 de la mañana, los dos buses provenientes de Tegucigalpa y de San Pedro Sula, repletos de hondureños, y hondureñas con niños, con destino a los EEUU., acaban de arribar al puesto de control policial del lado de Honduras, en la frontera denominada Aguas Calientes que separa Honduras y Guatemala.

El bus de Tegucigalpa, de la empresa hondureña Sultana, salió a las 21:00 hr. del día anterior con destino final a la frontera Aguas Calientes. El de San Pedro Sula (empresas Congolón y Rutas Orientales), sale a la 1:00 de la mañana, y tiene como destino final la ciudad de Guatemala.

Las particularidades de ambos servicios de transporte son bien conocidos tanto por los migrantes indocumentados, los coyotes, los agentes de migración y policías civiles, al igual que los reiterados escenarios dantescos de humillación casi naturalizados en dicha frontera.

Coyotes y agentes de la policía nacional en contubernio trasquilan a migrantes pelones

Coyote acompaña a migrante hondureño en la ventanilla de ingreso a Guatemala. OI

Coyote acompaña a migrante hondureño en la ventanilla de ingreso a Guatemala. OI

Una vez que arribamos al control policial del lado hondureño, caemos directamente a las manos de los agentes policiales. Éstos, sin mediar saludo alguno, nos abordan y nos separan por grupos. “Cubanos por aquí”, “hondureños por allá…”, así nos aglutinan a la orilla de la calle.

Un agente policial joven mira mi pasaporte al revés y al derecho. Luego, me pregunta de dónde es Ud. Cuando le respondo que soy de América del Sur, me dice, con voz fuerte y sin mirarme: “Ud. no tiene permiso”. Al oír esto, su compañero jefe le dice: “A él me lo llevas a la oficina” (un contenedor metálico habilitado donde funciona la oficina). Mientras tanto, otros agentes intimidan a los migrantes en grupos separados.

Yo, me dirijo al agente policial por su apellido (registrado en su placa) y le digo: “…, por favor, páseme el pasaporte, le indico el sello de ingreso al país…”. Le muestro mi tarjeta de residencia y mi credencial de corresponsal de prensa internacional. Entonces, la actitud del policía cambia diametralmente, y con una sonrisa sarcástica, me dice: “Tome sus documentos, véngase conmigo, allá están los buses para que vaya a migraciones”. El resto de viajeros, la mayoría asustados, se queda para el segundo trasquile (el primero ya lo hicieron los coyotes en sus lugares de origen)

El bus que abordo para la oficina de migraciones de Aguas Calientes es pequeño. Mientras espero a que se llene y parta el bus, jóvenes con pantalonetas cortas, tenis y camisetas de ocasión, acompañan un tanto de lejos a hondureños/as asustadas que caminan inseguros con dirección al paso migratorio que se encuentra a un Km. de distancia. Ellos son los coyotes. Algunos no vienen desde Tegucigalpa, ni de San Pedro Sula, son coyotes de contacto (de los principales) o circunstanciales que conviven con los agentes de la policía nacional en la frontera.

Un varón corpulento, casi de mi edad, se sienta a mi lado, y acomoda con voz de mando a los migrantes hondureños en el bus. Ya sobre las ruedas en movimiento me dice: “Colocho estoy para ayudarte en esta frontera”. Le respondo, con una sonrisa.

Metros más arriba, se detiene el bus, y suben los migrantes que pasaron junto con los coyotes minutos antes. El bus avanza rápido, y unos metros antes de llegar a las oficinas de migración, bajan los coyotes con sus presas y se internan presurosos en el matorral para llevarlos por veredas al otro lado de la frontera, y así evitar el paso migratorio. Por este servicio cobran entre 200 a 300 quetzales. Monto que el hondureño no debería pagar porque para entrar o salir de Guatemala no necesitan llevar pasaporte los catrachos (por el convenio de CA4). Pero, la ignorancia y los nervios que generan las fronteras a cuantos nunca salieron de sus aldeas tiene costos elevados.

Sistema del transporte internacional bajo el control de los coyotes

Agente de migración hondureña que devolvió al bus a los migrantes hondureños sin que se registrasen en migraciones. OI

Agente de migración hondureña que devolvió al bus a los migrantes hondureños sin que se registrasen en migraciones. OI

El varón corpulento, que minutos antes me dijo que estaba para ayudarme, comienza a cobrar los pasajes dentro del bus: “Son 10 quetzales” (por el tramo de un Km de viaje), indica él.

Y, las temblorosas manos hondureñas, casi a tientas, alcanzan al coyote el desconocido billete extranjero que minutos antes habían cambiado a sumas también arbitrarias.

Cuando llega conmigo, le digo: “El costo de pasaje de este tramo es de 10 Lempiras” (casi la tercera parte al cambio de lo que estaba cobrando). Él se molesta y me increpa: “Si no quieres pagar no pagues”.

Bajo del bus. Pago los 10 Lempiras al conductor, y prosigo hacia las ventanillas migratorias de Honduras y Guatemala que operan en la misma oficina.

Aún no ha terminado de aclarar el día. En la fila, delante de mí, hay como unas 30 personas. La mayoría del bus Congolón que salió de San Pedro Sula, con destino a Guatemala. Sólo se ve en la fila temerosos rostros hondureños. Los seis u ocho cubanos que venían, ya no están.

El coyote que se enfadó conmigo en el bus, nervioso se mueve en pláticas con los migrantes y oficiales de migraciones, fuera y dentro de la única oficina migratoria. Prácticamente indica lo que tienen que hacer los agentes de migración dentro de la oficina.

El ambiente es tenso. La fila no avanza. Está anunciado que los maestros bloquearán caminos en el lado de la frontera de Guatemala desde las 7:00 am. Si el bus principal no logra pasar antes del inicio de la acción de protesta, les alcanzará el cambio de turno de la policía nacional en el lado de Guatemala. Y, esto no está presupuestado en el negocio que tiene el coyote con la policía de turno nocturno, ni con el conductor del bus.

Un coyote que manda fuera y dentro de la oficina de migraciones

Coyote agiliza los  trámites dentro de la oficina de migraciones. Frontera Aguas Calientes. OI

Coyote agiliza los trámites dentro de la oficina de migraciones. Frontera Aguas Calientes. OI

Al final, un agente de migraciones de honduras, luego de pláticas con el coyote y el agente de turno en la ventanilla de Guatemala, indica a los que están haciendo fila delante de mío: “No hay sistema, suban al bus”. La gente se mueve. Pero, hay como dos mujeres que llevan niños (ellas son las mejores presas que cualquier coyote desea encontrarse en la frontera. La lana que trasquilan siempre son gruesas en estos casos). Ellas son demasiado evidente para transitar por la frontera sin que los agentes de la policía nacional civil no haga ademán de revisión de sus documentos.

El coyote se da cuenta que tomo fotografías con mi equipo de celular. Me increpa, esta vez, con amenazas. Se suma el ayudante del bus. Les muestro mi tarjeta de prensa. El ayudante del bus desaparece. Pero, el coyote continúa increpándome cerca de la ventanilla. El agente en la ventanilla de Guatemala se da cuenta de lo que me estoy dando cuenta, agiliza con el estampado del sello de ingreso en mi pasaporte y me lo devuelve. Sí había sistema.

Ya en el lado de Guatemala, el bus estacionado espera a las mujeres con hijos que tiene que llevar hasta la siguiente ciudad próxima, Esquipulas, pero el coyote demora en negociar con los agentes dentro de la oficina de migraciones.

La policía nacional civil mira a los coyotes y a los mojados pasar, pero no los ve

Vista de la frontera Aguas Calientes, desde el lado de Guatemala. OI

Vista de la frontera Aguas Calientes, desde el lado de Guatemala. OI

A unos cinco metros de distancia del bus de los “mojados”, hay un joven agente de la policía nacional civil de Guatemala haciendo ademán de controlar a los transeúntes mañaneros. Me acerco y le pregunto: ¿Por qué no pasaron por migraciones todos los pasajeros de ese bus? Con cara de sorprendido me dice: “Sí vi que bajaron”. Le digo, “bajaron, pero los devolvieron al bus indicando que no había sistema de computación. Yo estuve con ellos en la fila”. Contrariado me responde y se aleja: “No es nuestra tarea controlar eso”.

En una ocasión anterior, en el mismo puesto policial, un agente de turno cobró 50 quetzales a dos hondureños que ingresaban a Guatemala sin portar ningún documento. Generalmente, entre Aguas Calientes y la ciudad de Esquipulas, un tramo de 12 km, durante el día existen hasta tres retenes policiales. Pero, los nocturnos buses que transportan migrantes “mojados”, bajo la dirección de los coyotes, no pasan revisión alguna.

El pasado año, cuando aún las oficinas de migraciones de Honduras y de Guatemala operaban en lugares separados, un agente de migraciones, en el pasillo del lado migratorio de Guatemala, se molestó conmigo cuando me vio con la cámara fotográfica. Igual, era a la hora del paso “sigiloso” de los “mojados” por esa frontera. En ese entonces, cuando le mostré mi carnet de prensa, se disculpó en el momento, y tuvo la preocupación de alcanzarme andando hasta la parada de taxis para darme la siguiente explicación: “Nosotros no recibimos nada. Es la policía de Honduras y de este lado quienes cobran mil quetzales cada uno a los coyotes para que pasen los indocumentados por aquí”. Yo sólo lo escuché su mea culpa, pero tampoco escribí al respecto.

No es mi intención pelear con quienes comercian con la carne humana en el mortal camino hacia el Norte. Pero, tampoco puedo callar cuando atestiguo en lo cotidiano una sistemática humillación a la dignidad humana en las fronteras abusivas. Mucho más cuando, ese modus operandi es la materialización burda de la infiltración del crimen organizado en el Estado.

 

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