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UFC. Guatemala.

De esta manera, la condición de colonialidad está garantizada en el tiempo porque el colonizador ya no necesita de soldados para imponer sus intereses. Suficiente con los colonizados constituidos en celosos defensores de los intereses del verdugo, convertido en héroe legendario para ellos.

Declaración del Foro de Sao Paulo, en su XXII encuentro, realizado del 23 al 26 de junio pasado, en la ciudad de San Salvador, El Salvador, condenó la permanente injerencia norteamericana en Guatemala, ahora, mediante el verosímil circo gringo de “lucha contra la corrupción”. No es novedad que la izquierda política latinoamericana denuncie este recargado mal que traba los procesos genuinos de los pueblos.

Lo que sí arrancó satíricas carcajadas es que la izquierda política neoliberal guatemalteca, luego de haber alardeado “selfies revolucionarios” desde el XXII encuentro del Foro de Sao Paulo, a su retorno a Guatemala tuvo que dar sendas explicaciones/justificaciones del por qué había rubricado dicha Declaración. Al límite de pedir perdón y decir que esa Hija (Declaración) no llevaba genes de los revolucionarios “chapines” bien portados.

Este comportamiento cómico no es más que el reflejo de la infalible hegemonía cultural neoliberal vigente en Guatemala que ha borrado las fronteras ideológicas.  Un país donde los deseos norteamericanos son asumidos como órdenes. Donde la Palabra y la Voluntad de Washington es dogma infalible. Y, ¡Ay de quién se atreva a sospechar o dudar de la buena voluntad gringa!, la censura, repudio y burla de intelectuales, analistas, de izquierda y de derecha guatemalteca son implacables.

Por eso, en la actualidad, casi ningún guatemalteco escribe o describe la abusiva y comprobada injerencia norteamericana en el país. Salvo honrosas excepciones.

Hubo extranjeros, incluso gringos, quienes describieron, con detalles documentados, la descarada injerencia norteamericana que derrumbó, en 1954, la década del proyecto liberal de Revolución Nacional, pero la condición de la colonialidad del saber y del poder es tal que los nacionales se autocensuran o padecen una “voluntaria” amnesia selectiva.

Está comprobado que la genocida y sangrienta guerra interna (1960-1996) lo diseñaron en la Escuela de Las Américas bajo la Doctrina de Seguridad/Comando Sur). De igual forma, “la capitulación” con la firma de los Acuerdos de Paz (1996) fue para implementar de manera “democrática” el violento y corruptor sistema neoliberal vigente, bajo la Doctrina del Consenso de Washington. Pero, ¡ay de aquél que se atreva a mal pensar o disentir con dicha “religión del libre mercado”!, es un hereje vapuleado en la academia, en el mercado de las ONG e incluso en el mercado del cristianismo.

De esta manera, el corruptor sistema imperial norteamericano se instaló en el imaginario de la guatemalticidad como un tótem incuestionable.

Las víctimas del intervencionismo nefasto terminaron amando y deseando hasta más no poder al verdugo que tanto daño les hizo, y hace.

El Consenso de Washington, y su sistema neoliberal, logró, no sólo diluir la primigenia frontera ideológica entre izquierda y derecha nacional (los corrompió a ambos), sino además consiguió a que la ciudadanía, a nivel general, y la izquierda política neoliberal, en particular, se constituyeran en el ejército de defensores y reproductores de los intereses y negociosos norteamericanos en Guatemala.

Por ello, en la actualidad, es prácticamente inexistente cualquier cuestionamiento serio al neoliberalismo y su consecuente movilización de la voluntad popular en contra de este sistema acumulador y causante del saqueo y sufrimiento de los pueblos.

Desde el año pasado, se montó un teatro gringo en Guatemala de supuesta lucha contra la corrupción (que va restaurando la imagen de la benignidad del gobierno norteamericano), con el exitoso caballito de batalla denominado CICIG (Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala), que política y económicamente depende, en gran medida, del gobierno de los EEUU.

Este corcel, y su guerrero colombiano, Iván Velázquez, prácticamente se han constituido, no sólo en el último bastión de la moralidad y dignidad nacional (para muchos), sino también en un súper Estado dentro del desfallecido Estado nacional de Guatemala. Y guerrean, por encima del bien y del mal, para reafianzar la “fachada”  democrática norteamericana en el imaginario nacional. Mientras, la USAID (dinero en mano) recorre toda Guatemala recuperando los territorios en resistencia para los intereses norteamericanos.

Así,  la cortina de humo es más que transparente, y trasluce la instauración del plan norteamericano de la Alianza para Prosperidad, y el saqueo de todo los bienes y energías que las anteriores olas de despojo no habían extraído en los territorios indígenas.

En este contexto, quien se atreva a expresar lo evidente del colonialismo norteamericano, o denote un antiimperialismo, es inmediatamente desvirtuado (por los analistas y pensadores nacionales) como “radical”, paranoico de la teoría de la conspiración. Incluso cuando el propio Embajador norteamericano en meses pasados sostuvo: “La soberanía (nacional) es la última prioridad en mi agenda”.

De esta manera, la condición de colonialidad está garantizada en el tiempo porque el colonizador ya no necesita de soldados para imponer sus intereses. Suficiente con los colonizados constituidos en celosos defensores de los intereses del verdugo, convertido en héroe legendario para ellos.

¿Por qué será que no hay una Comisión Internacional Contra la Impunidad en los EEUU, uno de los países más violadores de los derechos humanos? ¿Por qué no hay una comisión similar en los corruptos organismo financieros como el BM, FM, BID? ¿Por qué no hay comisión similar para México, Perú, Colombia, Honduras?

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